El día 16 de
septiembre de 1973 Víctor Jara fue asesinado en el Estadio
Chile (hoy rebautizado como Estadio Víctor Jara). A su muerte
siguieron las del periodista Carlos Berger, Juan Peña,
director de la orquesta sinfónica de La Serena y una serie de
importantes nombres vinculados a la vida universitaria y a la
cultura.
La participación de artistas e
intelectuales, cantores populares y músicos en general, en el
amplio proceso social y político que vivió Chile en la
década del sesenta, fue una de sus muchas y más
ricas características.
Hasta 1973, la industria fonográfica
chilena había reflejado vivamente este proceso, en especial en
lo que se refiere al auge de la música folklórica y
Nueva Canción Chilena.
Al instaurarse en Chile un régimen de
terror que obligó a la quema de libros y a la
destrucción de discos y matrices que incluían obras
musicales de diferentes contenidos, nuestro mundo cultural
entró en un período de total oscuridad.
No es fácil olvidar aquella conferencia de
prensa en la cual una autoridad pretendió prohibir algunos
sonidos que, aparentemente tenían una connotación
política de izquierda; quenas, zampoñas, charangos
dejaron de escucharse por largo tiempo en las programaciones
radiales.
Prueba dramática de esta situación
la constituyen las circulares que las compañías
discográficas hicieron llegar a todos los distribuidores de
discos a fines de 1973: "Volvemos en relación con nuestra
circular Nº 2.138 del 28 de septiembre pasado para dar la lista
ampliada de todos los discos que hemos debido dejar de
fabricar y retirar de catálogo con sujeción a la
autocensura que la Junta de Gobierno ha dispuesto para la industria
fonográfica nacional". La circular incluye desde grabaciones
de Quilapayún hasta Nicanor Parra, Violeta Parra, el conjunto
Cuncumén y Osvaldo Díaz.
La industria fonográfica debió
aceptar el nuevo orden. Naturalmente todo lo que fuera la empresa
fonográfica DICAP había sido destruido y un interventor
nombrado por la Junta Militar vigilaba los restos.
Lo que necesitamos precisar, para entender esta
situación, es el grado de compromiso que los artistas en
general habían adquirido con el desarrollo social del
país. Figuras del teatro, la TV o el canto popular eran vistos
domingo a domingo en talleres y fábricas, o participando en la
construcción de plazas o juegos infantiles; estos "trabajos
voluntarios" que si bien provocaban sonrisas o ácidos
comentarios en sectores de oposición, tenían un
sentido vital.
Se había producido un vacío total en
el ámbito cultural. La experiencia vivida en los medios de
comunicación y la necesidad sentida profundamente de no
permitir que se borrara lo que se ha llamado "La Memoria de un
Pueblo", la urgencia de rescatar valores culturales importantes
y la necesidad de mantener la actividad creadora iniciada por una
generación nueva, que veía ahora truncadas sus esfuerzos,
motivaron la creación de la empresa fonográfica
"Alerce, La Otra Música".
Alerce aparece en el año 1976, cuando en el
panorama fonográfico se advertían serios anuncios de
crisis. Compañías como Banglad o Asfona eran
víctimas de un proceso de cambios en diversos aspectos de la
vida cotidiana.
La ola de importaciones que
sobrevendría en los años siguientes iba a provocar uno
de los cambios decisivos en la industria: el disco sería
reemplazado por el caset, causando el cierre de las dos únicas
fábricas de discos, y la urgencia de nuevas políticas
de comercialización.
En ese momento Alerce se planteaba no como una
empresa comercial, sino simplemente como un instrumento para
registrar hechos artístico-culturales que intuitivamente
sentíamos que era preciso conservar como testimonio y a la
vez, difundir. Fundamentalmente considerábamos el disco como
un medio de comunicación masivo, única alternativa
frente a los otros medios, totalmente cerrados para toda
expresión que tratara de afirmar una escala de valores
diferente a la propuesta oficial. Por otra parte, se trataba
también, en lo que a música corresponde, de restablecer
el vínculo con la Nueva Canción Chilena, cuyos
representantes mas significativos estaban condenados al exilio.
Vivíamos y vivimos aún una cultura fracturada, partida
violentamente en dos.
No es posible hablar siquiera de infraestructura
del sello Alerce en ese período, en que cada
publicación era no sólo un riesgo económico sino
un riesgo personal: la aparición de un LP de Violeta Parra, o
de Víctor Jara significaban, cultural y políticamente,
un desafío que por supuesto tuvo sus respuestas bajo diversas
formas.
La "infra" de Alerce estaba constituida por una
oficina en un subterráneo, una máquina de escribir y
una lámpara, todo esto como generosos préstamos de
familiares y amigos.
Todo constituía un desafío en la
actividad de Alerce, en lo comercial era preciso aprender hasta los
detalles más elementales y así simplemente la
experiencia cotidiana fue dando forma a la empresa cuyo
carácter marginal se mantiene hasta hoy.
Independiente de la parte anecdótica la
aparición de un sello como Alerce fue objeto de especial
atención, no sólo por parte del Gobierno, sino por
parte de los medios de comunicación y del público.
El material, con una connotación de
carácter subversivo según algunos comentaristas de la
época, era presentado con una gráfica que llamaba la
atención por su calidad artística, con ello logramos
identificar con facilidad el producto del sello Alerce, cuya calidad
en lo técnico y artístico también se
constituyeron en un factor importante para su situación en el
mercado.
Planificando hasta hoy sin criterio exclusivamente
comercial ni empresarial, prácticamente sin marketing, de
manera más intuitiva que científica, Alerce
adquirió un prestigio que permitió su
consolidación y su autofinanciamiento actual.
El problema principal lo constituía como
actuar en un medio competitivo, sin tener mayores recursos, ni acceso
fácil a los medios de comunicación y mucho menos a un
medio como la radio, fundamental para la difusión.
Otro factor no menos importante era el
financiamiento de las producciones culturales. La solución
estaba en gran parte, en asumir el carácter marginal y
prácticamente renunciando a la promoción radial,
dificultada además por el formato mismo de las programaciones
que impide la inclusión de material musical ajeno a las pautas
tradicionales o la lista de los 40 éxitos.
Como medio de financiar las producciones y a la
vez mostrar a un público masivo los artistas del sello
se programaron los espectáculos Alerce. Estos tuvieron un
comienzo promisorio en el viejo Teatro Esmeralda, de Santiago, sala
abandonada en un rincón de la calle San Diego al llegar a Av.
Matta.
La asistencia creciente de un público
juvenil y adulto nos hizo acometer con irresponsable audacia una
tarea que marcó un hito en ese difícil
período: los festivales Alerce en el Teatro Caupolicán.
Estos festivales podían dejar una utilidad fuerte, capaz de
aportar bastante al pago de muchas facturas y a la vez crear una
imagen poderosa del sello y de sus artistas.
Frente a la incredulidad de muchos, el primer
festival del sello Alerce repletó el teatro y fue el primer
gran espectáculo musical masivo que se realizó en Chile
después del 11 de septiembre.
La otra motivación importante, desde el
punto de vista cultural era estimular la creación en los
compositores jóvenes.
Las sucesivas prohibiciones de los
espectáculos Alerce, los intentos de lograr que las
fábricas se negaran a prensar los discos y las acusaciones de
carácter político solamente lograron frenar el
desarrollo de Alerce como empresa, pero su tarea de rescate cultural,
su aporte en el medio cultural, se hicieron sentir y alentaron
la conquista de espacios de libertad para el canto popular,
para la canción contestataria y marginal, retomando las
raíces que la atan a la lucha de nuestro pueblo.
Es necesario destacar que Alerce
actúa más que como organismo cultural, como una
"empresa cultural" donde el producto adquiere de inmediato un
significado extra musical, al menos en la primera etapa del
sello. Durante años Alerce ha entregado una música rica
en contenidos diversos, rica en expresiones que corresponden
simplemente a una realidad cultural.
La labor inicial de recuperación de una
historia fue seguida con trabajos de investigación y de
difusión folklórica, grabaciones de carácter
didáctico, grabaciones de música tradicional,
grabaciones de cantautores dándoles la posibilidad
hasta entonces difícil de acceder al mundo
fonográfico y finalmente la ampliación de su
catálogo con la inclusión de intérpretes
de otra latitudes, hasta incorporar repertorios de
carácter liviano que con su venta permiten financiar la
producción local de nuevos talentos.
Ricardo García